lunes, noviembre 27, 2006

Anábasis

Mi mochila liviana, como debe ser, siempre, siempre de mochilas livianas. Acordarse siempre de llevar lo imprescindible e irreemplazable en la bolsa de viaje. Un ejército merecenario de los mejores soldados. Soldados libres que criados para la guerra, la aventura y la camaradería… si porque la única manera de sobrevivir en la guerra, es tener esa persona, ese camarada, ese compañero que se para a tu lado en la fila, te cubre sus escudos o lanzas tu flanco… o tú le cubres a él y se apoyan mutuamente. Eso si eres de los que luchan el legión, en fila. Si eres un jinete, quizás creas que no te hace falta, … pero si necesitas ver en tu ángulo en la distancia. Ver y ser visto y avanzar, macheteando o hachando el camino para auxiliarlo, auxiliarte, cuando es rodeado o se le muere, no lo quieran los dioses su caballo-compañero. Y si eres un traidor o un asesino o un espía… en los callejones oscuros, pelas tu puñal o tu sevillana y pelean espada a espada, espalda contra espalda. Y aprende que aunque no lo quieras, lo necesitas. Te necesita.

Y ese célebre ejército de los 10000, que se retiran volviendo a su tierra, necesitan llegar a la costa y embarcar y tienen meses de retirada en territorio hostil. Siempre forasteros que por unos dineros fueron a servir a un carroñero o un justo rey depuesto. Pero, como siempre, pasa, los comedidos salieron perdidos. Y ese país no es él tuyo, no es tu tierra. El sol no es igual, ni el viento sopla parecido. No hay aromas de tu infancia, los horizontes, parecidos y distintos. Cuando el sol se oculta entre las nubes rojos en el atardecer será porque al otro día lloverá y no porque finalmente, al otro día se comenzarán a secar los caminos empantanados y dejarás de oír el splash repetido incisamente de los miles de pies embarrados caminado, cansados, buscando la paz del mar donde descansar y llegar a casa. O al menos sentir que solo te esperan unos días más y no los meses, que se hacen años. Otoños, seguidos de inviernos y nevadas, y pantanos de deshielo y otros otoños y más inviernos…

¿Y como hacés para no hundirte tanto en el barro? Llevás lo mínimo. Raciones mínimas. Agua, muda de ropa, armas y piedra de afilar o tal vez la piedra la cargue tu ladero, porque tu llevas las estacas, tientos y la lona de la tienda. Llevar un libro?, sí fuera turismo, pero la vida es guerra o lucha. Los libros los llevamos en nuestro corazón o no los llevamos.

Vamos, que sabemos casi de memoria o sabemos contar las historias que nos dan ánimo. Y las canciones que nos duelen o emocionan.

Y te rodean, nos rodean.

-Ríndansen. Entreguen sus armas

-Vengan por ellas.

Y en la retirada huyen derrotados por las emboscadas de la vida. Es de noche y corres, corres, las tiendas arden, los caballos desbocados y una sombra se cruza montada delante de ti y puntea con su pica… esquivás y ruedas, ovillándote entre las piernas del caballo y salís corriendo detrás del jinete. Y te zambullís en la noche. El viento te lleva el humo y el lamento. Crepitan las llamas. Apenas se organizan y salen hacia delante. Y mirando en las sombras, empezás a caminar. Despacio, suave cada pisada. ¿y qué te llevastes contigo? La esperanza de encontrar a tus compañeros y seguir caminando juntos para regresar al hogar. Las memorias de lo que pasaron, lo que vivistes. Te llevás a vos mismo. Eso es siempre lo mínimo, indispensable, uno mismo, lo que fue y lo que es. Lo que será, lo que tendrá… todo se roba, se compra, se canjea, se recibe de regalo.

Siempre la mochila lleva a uno mismo. Somos nuestras propias mochilas.

6/02/2005

1 comentario:

Dama de la Mariposa dijo...

catabasis...

busco una mochila.

Entierro mi corazón en ella.
Se pone el sol, y el camino invita,
cargo en mi espalda el músculo
que guardo,
llego al fin del sendero,


y lo arrojo.
Y cae.

Ahí está, dentro
alguien lo encuentra.
y quizás
renazca otra polisha.